¿Y si no encajo en ningún lado? la otra cara de la necesidad de pertenecer

En la parte uno hablábamos de cómo los seres humanos necesitamos pertenecer. Es parte de nuestra historia evolutiva, de nuestra biología y de nuestra forma de relacionarnos. Pero hay una pregunta que, aunque es incomoda, muchos nos hemos hecho en silencio:

¿Y si no encajo en ningún lado?

No me refiero solo a no tener amigos o sentirte solo por fuera. Hablo de algo más sutil, mas profundo, como si fuera más íntimo. Por ejemplo, estar en una sala llena de gente y sentirte absolutamente fuera de lugar. Compartir algo que realmente te emociona, y darte cuenta de que nadie lo entendió. Mirarte al espejo y pensar: “¿será que hay algo mal conmigo por no poder encajar donde todos parecen hacerlo tan fácil?”

A veces la exclusión no es un golpe. Es algo que se expande como un eco. Es un grupo que no te insulta, pero tampoco te ve. Es como si tu presencia no pesara, no contara, no hiciera ruido. Y eso la verdad, también lastima.

Si hablamos desde un punto neurológico, se ha estudiado que nuestro cerebro procesa la exclusión como si fuera dolor físico. Literal. Se activan las mismas áreas que se encienden cuando te cortas o te quemas. Por eso, aunque no haya gritos ni golpes, hay nudos en la garganta, vacío en el estómago, insomnio, ganas de desaparecer por un rato.

Y en el mundo digital, el mundo del teléfono, ese dolor se amplifica. Las redes sociales nos muestran todo el tiempo imágenes de personas que “sí pertenecen”: al cuerpo ideal, a la estética perfecta, al discurso sin errores, al grupo que encaja. Y si no piensas igual, si no luces igual, si no hablas igual, el algoritmo te evidencía. Te excluye.

Por eso es tan fácil caer en "tribus digitales", en grupos que parecen un refugio. Por fin encajas. Pero a veces, eso también viene con un precio que es el dejar de cuestionarte, de mostrarte, de pensar por ti. A dejar de ser genuina o autentica, a darle mas peso a lo que piensan los demás y no quien eres en verdad. 

Pertenecer a costa de silenciarte, no es pertenecer. Es perderte.

Yo lo digo desde lo más personal: estoy justo en esa búsqueda.

Buscando dónde, con quién, en qué espacio puedo sentir que encajo sin tener que achicarme. Sin tener que actuar como otra versión de mí para ser validada. Ya lo he vivido antes y nunca sale bien.

Y claro, no es fácil. No siempre sé dónde está ese lugar. Pero he aprendido algo: prefiero estar sola un rato que acompañada en un lugar donde no me siento yo.

Creo que hay otro tipo de pertenencia. Una más lenta, pero más real: la que nace cuando empiezas a aceptarte tal como eres. Cuando dejas de disfrazarte para gustar, y te atreves a construir una vida donde estar contigo no se sienta como castigo.

Y desde ahí, desde tu autenticidad, aparece gente distinta. Gente que no te quiere por cómo encajas, sino por todo lo que eres, con tus luces, tus dudas, tus defectos y tu historia completa.

No siempre vamos a encontrar ese lugar al primer intento. Pero si algo he entendido, (o al menos eso creo ) es que no todos los grupos son hogar… y no todo hogar te obliga a parecerte a los demás.

A veces, pertenecer empieza cuando dejas de correr tras los lugares donde no encajas, y te permites buscar donde sí.

Y por ultimo aquí te dejo un par de peliculas que siento que encajan con el tema, por si quieres visualizarlo en una historia.

-The Perks of Being a Wallflower

-Into the Wild

-Lady Bird

-The outsiders


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